Estoy tan seguro de que no me vio como de que yo sentí que sí.
Fue fácil llegar a la tercera fila del lado izquierdo del escenario (después de haber estado más de medio concierto en la segunda sección) porque el cuerpo de seguridad era muy relajado. No fue sino hasta que pude distinguir bien su cara que me conmoví un poco porque me puse a pensar en la persona que fui a los 16, cuando la escuché por primera vez, y en la persona que he sido cada vez que saca un disco: quién era yo a los 17, a los 18, a los 20, a los 24, a los 29…
Me perdí en esos lares del pensamiento durante Hands Clean en acústico o en Your House a capella o una de esas canciones que hace 4 años no quiso que escuchara como que con el fin de que en esta ocasión el impacto fuera mayor. Y lo fue.
La sonrisa chueca era la única señal implícita del sentimiento de satisfacción que reprimí no queriéndome ni mover por miedo a perder algún detalle de esa imagen de ella sentada en una silla, de su pelo largo, de su blusa morada, de su imagen como la de su Alanis Unplugged de hace 13 años.
Se despidió por segunda ocasión y, en serio, pensé que era la definitiva. Fui al baño. Tuve que apresurarme porque escuché gritos. Me volví a plantar en la orilla de la tercera fila y la vi regresar. Sentí lo que uno siente cuando está a punto de darle el primer beso a alguien a quien se tiene muchas ganas de besar.
Cuando se escuchó el piano, el inicio de Thank U, sentí que me besó.
Por fin. Después de 14 años, la canción con la que entró a mi vida a principios de 1999, con la que nos conocimos, la que nunca me ha pasado de moda.
Los primeros 2 segundos de melodía mandaron un relámpago que quebrantó mi inmovilidad, entró a mis oídos, cerró mis ojos, me llevó las manos a la cabeza, me arqueó el cuerpo hacía atrás y me hizo expulsar un grito que parecía de dolor.
Habiendo pasado ese rush, tomé otra vez mi postura inerte porque era evidente que faltaba poco para que ahora sí ya se fuera para no regresar y quería embeberme los ojos de ella.
Durante algún punto de la canción, ocurrió. De estar parada viendo hacia enfrente, giró su cuerpo a la izquierda los grados suficientes como para quedar de frente a mí (y a los demás, pero en mi cabeza, fue de frente a mí). Así se quedó el resto de la canción y yo no quería que ese momento se terminara nunca porque era demasiado emocionante ver su sonrisa rojiza, amplia, limpia, sincera, lejos de ser estúpida como la que seguramente yo tenía y porque aunque no me estaba viendo a los ojos, yo a ella sí.
Cuando se fue, empecé a caminar hacia la salida del teatro y sentía que me hormigueaban las extremidades, me sentía apendejado, como que me costaba trabajo dar pasos firmes. Me sentí alcoholizado sin haber tomado. No estoy exagerando. Incluso se los dije a Tony y a Hugo: Me siento borracho. Mi única teoría del porqué es que mi cuerpo estaba confundido, fue tanta la emoción que no supo qué sentir y no pudo sino sentirse ebrio por ese exceso de felicidad.
